Deberes para mañana

Hagamos un experimento: cojamos una hoja en blanco y escribamos un simple ejercicio. Describámonos. Escribamos una fácil cuestión: Yo soy.

Indaguemos de qué estamos hechos realmente, de qué se componen nuestras verdades y qué verdades son esas. ¿Somos capaces de escribir más de dos líneas sin subestimarnos? ¿Tenemos la capacidad de hablar con franqueza de nuestras debilidades y nuestros miedos?

¿Qué somos? ¿Quién? ¿Cómo?

Escribamos como si nadie fuese a leernos, como si nos conociésemos por primera vez y no tuviésemos ideas preconcebidas.

¿Nos conocemos en profundidad o simplemente nos hemos ido desdibujando hasta difuminar nuestros límites?

Haced el experimento. Escribid solo líneas llenas de verdades, de esas que dan miedo. Intenta descubrirlo.


¿Quién eres tú?

One last wish

Como una taza de chocolate caliente una fría noche de invierno. Unas manos frente a una chimenea chisporroteante en un día de nieve. Un jersey de lana suave y mullido oliendo a tu colonia favorita. Como su aroma antes de salir por la puerta. Enterrar los pies en la arena de la playa el primer día de verano, esa ola que te sorprende.

Como un prado verde en el que leer tu libro favorito a la sombra de un viejo olmo. Una tarde en sitios olvidados que solo tú conoces.

Como un abrazo inesperado.

Una sonrisa sincera.

Una risa desde el fondo del estómago, fuerte y espontánea.

Como bailar sin que nadie te vea.

Esa brisa fresca de primavera. Un piano tocado con suavidad.

Tu canción favorita. La alegría contagiosa de un cachorrito al verte. El efecto de explotar burbujas de plástico. Saltar sobre la cama, hundirte entre algodones. Agarrar la luna con las manos, rozar las estrellas con los pies. La calidez del sol sobre la piel.

Como la sensación en la yema de los dedos ante la emoción anticipada del primer beso.

El entusiasmo de crear pompas de jabón.

Contener el aliento en un gran salto.

La sensación de volver a casa.

Todo eso te provoca. Todo eso a la vez. Ese susurro en tu oído que no son palabras, es suave melodía que tintinea. Cuando te dice, solo a ti



¿Te quedas conmigo?

Diario de una araña (I)

Quiero hacer constancia al mundo de mi desdicha.

No se dónde me encuentro. Parece ser que estoy confinada en algo con paredes resbaladizas y que transforman la visión de mi alrededor. Es frustrante.

Recuerdo estar correteando entre las flores en busca de pequeños y mortales insectos que poder chupar hasta el tuétano cuando mi prisión me alcanzó. Me rodearon, intenté escapar pero fue en vano y aquí me hallo.

El viaje fue largo, se que cerca de mí había otra compañera que había visto alguna que otra vez por mis inmediaciones, pero se hizo el silencio y me quedé sola.

Unos grandes mamíferos, de los que según mis enseñanzas dicen llamarse humanos, me tambaleó, movió mi habitáculo y se aceron a observarme tras ese material translúcido y deformante de la realidad. Ahora vuelvo a estar parada, quiero subir a la cima para tener mejor posición ante un posible ataque enemigo pero las patas no se agarran bien a este material. No se lo que me aguarda, por ahora montaré guardia.

No tengo alimento ni escondrijo pero no desistiré.

Se despide hasta nueva orden, Pepi.

Los que siempre dirán 'No podrás'

¿Por qué la gente se empeña en decirnos qué podemos o no podemos hacer, soportar, conseguir? ¿Por qué tanto afán por no dejar a la gente superarse? ¿Tan asustados están de sus propias limitaciones que tienen que poner impedimentos en las vidas de los demás? ¿Por qué echar mierda en los demás porque no podeis lidiar con la que ya huele en vuestro salón? Nada es fácil y machacar constantemente repitiendo lo dificil que será conseguirlo a algunos solos nos hace tener más ganas de hacerlo. De superarnos. Porque nadie está en disposición de decidir qué estamos dispuestos a aguantar por algo. Apretar los dientes y rugir porque no me rendiré, por doloroso que sea. Me levanto y te lo restriego en la cara. Las veces que haga falta. Porque yo sí le eché cojones a la vida.

Con un cartel que apenas se lee de "SE VENDE"

Es una casa desvencijada, venida a menos por los años y las calamidades del tiempo. Oscura y abandonada. Nadie daría dos duros por la mansión destrozada, imponente en días pasados al final del camino de árboles que la custodian. Ahora las hojas muertas inundan el camino desde la verja oxidada a la puerta que chirriaría si pudiese abrirse. Hace tiempo que está anclada.

Las ventanas tapadas ocultan sombras que sirven para asustar a los niños del pueblo con historias inventadas de fantasmas. Suelos que crujen por la más suave brisa que pueda colarse entre las rendijas. Tétricos aullidos provenientes de las cañerías pesadas de plomo. Arañas anidadas en cada rincón, reclamando como suya la propiedad. Frascos rotos en el sótano, pertenecientes a experimentos de una mente brillante o de simples juegos de un niño rarito.

Cuadros de rostros de los que nadie recuerda sus nombres. Jarrones que podrían ser valiosos para algún museo. Cajitas de música que ya no giran, ni cantan, ni bailan. Ni sueñan ni hacen soñar.


Mugriento y polvoriento hogar desechado, en el que espera, frente a la chimenea atascada, un fantasma desde hace años aburrido.